La Antártida es como una quinceañera, siempre deseada, un poco explorada pero mayormente virgen. Y como toda quinceañera, tiene una serie de admiradores, unos más ricos, otros más pobres; unos son sus vecinos, otros viven en tierras distantes. Todos ansían sacarla a bailar, pero quién podrá hacerlo depende de qué tanto la visite, y qué tanto empeño le ponga en aprender la forma extraña en que funciona su helado corazón.

Todos sus admiradores entienden que esta belleza es dueña de inmensas riquezas. Ella guarda en sus blancas arcas preciosos recursos marinos y minerales, rocas que esconden diamantes -nuevas para la ciencia-, microorganismos con poderes especiales, y depósitos insospechados de gas y petróleo.
No obstante, ella es la guardiana de un tesoro aún más grande. Junto con su hermana del Ártico, poseen dos turbinas gigantes, los dos polos, que actúan como el aire acondicionado del planeta. Por eso, ambas controlan el clima a escala global. Y prácticamente todo lo que sucede en sus gélidos dominios tiene una profunda influencia en la vida –y la billetera– de las regiones tropicales. Regiones como Colombia, cuya inmensa biodiversidad la coloca dentro de los admiradores que más tienen qué perder con sus cambios de humor, y a los que por esta razón más les vale irla conociendo y cortejando poco a poco.

El deshielo de las aguas polares, los cambios en salinidad de las corrientes oceánicas que nacen en latitudes australes, y la circulación de las masas de aire que se ciernen sobre Sur América, conectan de forma directa y medible las cosechas de las regiones andinas, la pesquería de nuestra costa pacífica, y los patrones de lluvias y sequías sobre nuestros cielos nacionales.