Los días a bordo del ARC “20 de Julio”, la plataforma de investigaciones que lleva a Colombia a la Antártida, comienzan a las 7:00 am con la pitada marinera de “alzarriba” seguida de música a gusto del oficial de guardia de turno.

No toma mucho tiempo acostumbrarse a la rutina del buque y poco a poco se aprende a caminar a bordo del navío, subir y bajar escaleras, así como abrir y cerrar pesadas escotillas. Los viajeros van familiarizándose con los pitos marineros y términos militares de la tripulación, se van adaptando al vaivén de las olas que al comienzo tienden a producir mareo, cosquilleo y dolor de cabeza. Los navegantes más experimentados saben que estos síntomas pasan al poco tiempo y recomiendan masticar un poco de raíz de jengibre, pues hay algo en su picante escozor que despeja la cabeza y acalla cualquier sensación en el estómago.
Las horas se vuelven tan líquidas como el agua que rodea a los expedicionarios y la gente pierde un poco la noción del tiempo porque durante el verano austral en la Antártida prácticamente no anochece nunca. Dicen además que a medida que vayan pasando las semanas habrá que luchar contra el aburrimiento por el entorno del ambiente y las complejidades sicológicas de habitar en un solo espacio tantos días.

Pero eso es algo que no parece aplicar para algunos de los miembros de la expedición, a quienes literalmente no les alcanzan los días para entrevistar a cuantas personas quieran hablar, o para leer vorazmente los mejores libros de exploración polar. Otros se entregan a analizar las ramificaciones del Sistema del Tratado Antártico y la envergadura de lo que Colombia quiere lograr a futuro. Por su parte, los investigadores toman muestras de agua, suben y bajan equipos de medición, y registran múltiples datos biológicos.
Hoy se cumple un mes de haber zarpado de la tropical y calurosa Cartagena de Indias, y luego de tantas horas navegadas por la costa Pacífica Suramericana, este día fue dedicado a cosas más prosaicas. Por ejemplo, hacer la lavandería. El buque tiene dos lavadoras y dos secadoras. Puesto que son 96 personas, es necesaria la organización militar para que todos puedan tener ropa limpia; cada semana un tripulante tiene asignada una hora X para lavar y secar. Por lo general ese mismo día los navegantes aspiran el camarote, si tienen la suerte de hallar una aspiradora portátil en alguna parte del buque, o de lo contrario, lo harán a punta de escoba.

Ayer la tripulación practicó un “zafarrancho de abandono”, durante el cual asignan balsas salvavidas e imparten instrucciones de qué debe llevar cada persona durante una emergencia. Muchos de los investigadores neófitos en estas aguas se rajaron, por no pensar en cosas básicas para la supervivencia, como una cobija, agua, loción anti solar o efectos personales como remedios y aspirinas. Los expedicionarios intuyen que estos ejercicios se repetirán sorpresivamente hasta que se los aprendan. Muchos alcanzan a reírse, pero cuando piensan en el lugar a donde van, la sonrisa se esfuma.

En la tarde se realiza una de muchas estaciones oceanográficas que desarrolla el equipo multidisciplinario en varios puntos de la Península Antártica para recoger muestras físicas, biológicas y químicas. Las botellas con el botín serán conservadas a bordo, en el “laboratorio húmedo” que el Jefe de Ciencia, Capitán Rafael Torres, instaló dentro de un contenedor especial.

El mar y el clima nos han tratado con suma gentileza, con uno que otro día de fuertes olas normal del océano Pacífico y del paso de Drake. Esperamos seguir con estas condiciones para poder tomar todas las muestras que contribuyan al cumplimiento de los objetivos propuestos por el Programa Antártico Colombiano en esta expedición que busca aportar a la ciencia del mundo desde la investigación Colombiana.